La escalera de José Agustín
Por Francisco Domínguez
El 16 de enero de 2024 será un día que siempre recordaremos los amantes de la buena literatura, de la prosa avasallante y la poética intoxicada con el mejor solo de blues. A los 79 años de edad muere el gran José Agustín, en la ciudad de Cuautla, en el estado de Morelos. Ya su hijo José Agustín Ramírez había anticipado el desenlace. Su padre, parafraseo, pisaba el último escalón al cielo. Y en su trance, imagino escuchar la acústica de Jimmy Page mientras el maestro de la contracultura mexicana iniciaba su último viaje a través de esa escalera al cielo. Inmediatamente rememoro aquel 23 de julio de 2022 cuando en aquella vieja estación del Tren Interoceánico de la ciudad de Cuautla se conjuraba uno de los últimos homenajes a quien despojó de ataduras floripondias, rimbombantes y anquilosadas a la prosa de su época y la llenó de una vitalidad desbordante que sigue atrapando a consagrados y noveles lectores de su vasta obra.
Más temprano, en aquel día caluroso, me enteraba de la ceremonia y, sin pensarlo, le dije a mi hija Marijo que se alistara porque nos íbamos a Cuautla, al Ex Convento de San Diego. Luego de 2 horas y 92 kilómetros de camino llegamos desde la ciudad de México al punto de encuentro. No llevamos más cosas que la primera edición de la novela De Perfil con la intención de conseguir la firmar del maestro. Pronto las intervenciones de los participantes se sucedían en un ambiente cálido y hasta por momentos hogareño. Hacia la media tarde, se dejaba ver a José Agustín acompañado por su esposa Margarita Bermúdez. Los ánimos de sus seguidores se prendieron y con las voces de sus amigos, los escritores Juan Antonio Aspe, Hernán Lara Zavala, Enrique Serna, Mario Casasús, el fotógrafo Barry Domínguez y Tino Ramírez, la tertulia literaria alcanzaba dimisiones cósmicas, entre anécdotas y añoranza al son de un buen playlist de rock sesentero. Margarita no le soltaba la mano. José Agustín, sentado en su silla de ruedas, solo observaba. A través de sus lentes templados de media gota se percibía una mirada atenta y enérgica. Algo le susurraba a su esposa, cuchicheaban y de vez en cuando una mueca de alegría se dejaba ver en el rostro del maestro. Todos los mirábamos intentado descifrar en qué personajes de aquella pléyade agustiniana se habían convertido. Varios sucesos posteriores me marcaron profundamente. El primero de ellos fue la noticia de la muerte de Mario Casasús, autor del libro José Agustín en Morelos, motivo del homenaje. Mario cumplió con el maestro, consigo mismo y con los lectores que disfrutamos una vez más la presencia del autor de La Tumba. Cuentan que una vez que terminó el evento, Mario se fue a festejar a sabiendas de la precariedad de su estado de salud conocida por todos sus allegados. Días después nos enteraríamos de su deceso por amigos de la prensa nacional.
El otro suceso ya lo había descrito en un texto que bien puede explicar mejor lo que ahora digo y que se puede leer también aquí en Fotogrammas (Tú eres la onda. Homenaje a José Agustín). Mi hija —me auto cito— “Marijo se abrió paso entre la multitud, que empezó a rodear al escritor, y consiguió extenderle la primera edición De Perfil. A lo lejos pude ver como estampaba su firmaba con su mano inquieta, incontenible, ingobernable, como su prolífica obra”.
Ahora, con su partida, reviso aquella firma, la estructura había cambiado. No era la misma que yo recordaba. José Agustín solía estampar su nombre compuesto de dos palabras con trazos simples. Ahora se ve ensimismada, como queriendo revolverse en sí misma. Su firma ahora parece un pez que nada a contracorriente, así era José Agustín. Recuerdo su mano temblorosa, parecía que se negaba a tomar la pluma y dejar escurrir una tinta contenida como probablemente se encontraban en ese momento sus emociones.
Al final del homenaje mi hija regresó feliz con la firma de José Agustín, se me quedó mirando y me susurró al oído.
—Papá, el escritor solo me firmó a mí y otra persona.
Después simplemente se lo llevaron entre risas y refunfuños. Al final de un pasillo solo se escuchó un contundente: «déjenme de estar chingando». Sin duda pensaba en esa escalera que hoy lo llevó al cielo.
En paz descanse, maestro.
Enero de 2024