¿Por que comemos azul?

La gastronomía mexiquense se encuentra en los rincones más bulliciosos de la Ciudad de México y la ha convertido en la capital azul —en tianguis, esquinas populares, salidas del Metro y fondas improvisadas— hay un hilo azul que une dos geografías hermanas: el Valle de México y el Estado de México. Es el maíz, pero no cualquiera: es el maíz azul, base de una gastronomía que ha migrado, resistido y florecido entre cacerolas humeantes y anafres urbanos. En medio del ritmo frenético capitalino, las garnachas azules, gorditas de chicharrón, quesadillas rellenas de quelites o requesón, se han convertido en un símbolo silencioso de la presencia mexiquense que habita y alimenta a la metrópoli.
Herencia gastronómica de comal y volcán
El Estado de México tiene una identidad culinaria profunda, anclada en ingredientes nativos, técnicas ancestrales y una fuerte tradición de cocina de campo. Pueblos como Xalatlaco, Ocoyoacac, Santiago Tianguistenco, San Mateo Atenco, Tenancingo o Malinalco no solo presumen recetas centenarias, sino también una estrecha relación con la milpa, el comal y el fogón. Con el crecimiento urbano y los movimientos migratorios hacia la capital, muchas de estas cocineras y familias trajeron consigo su herencia culinaria… y la montaron sobre carritos ambulantes o puestos metálicos, encontrando así un medio de sostén y con intención inconsciente, dejan huella en los paladares chilangos con sabores únicos de pueblo.
Casi en todas las colonias de la Ciudad de México, es común encontrar puestos donde el maíz azul es protagonista. Aquí, las garnachas no son “antojitos”, son pequeñas ofrendas: hechas al momento, con manos firmes, rellenas de ingredientes que aún saben a campo.
El maíz azul llega a la capital: más que color, un sabor y una identidad
A diferencia del maíz blanco o amarillo más comercializado, el maíz azul contiene antocianinas, compuestos antioxidantes que le dan su color particular y lo dotan de un sabor terroso y robusto. Pero su valor va más allá de lo nutricional: representa identidad, resistencia y raíz.
-«Uso maíz azul porque es el que sembraban mis abuelos en Toluca»-, comenta doña Lupita, quien todas las mañanas instala su puesto de quesadillas frente al Metro Portales. -“Aquí muchos me dicen que saben diferente, que es como ir de visita a un pueblito.” – Este tipo de narrativas se repite. Las cocineras, muchas de ellas provenientes del Estado de México, no solo venden alimentos: comparten un pedazo de su historia, reproducen saberes orales y continúan una cadena cultural que se niega a desaparecer.
Voces de la ciudad
La presencia mexiquense no solo ha conquistado los paladares de quienes migraron desde Toluca o Tenancingo, también ha enamorado a capitalinos nacidos y criados entre concreto.
Laura Jiménez, diseñadora gráfica de la colonia Narvarte, comenta:
-“Yo crecí con quesadillas de masa “normal”, o bueno, amarilla y sinceramente no sabía que existía otra hasta que probé una de flor de calabaza en maíz azul. Fue como si alguien me contara otra versión del mismo cuento. Un poco más intenso y más profundo.”-
Por su parte, Eduardo Rojas, repartidor de Tlalpan, dice:
-“Las gorditas azules me hacen el día. (comenta, mientras ríe) Son baratas, llenadoras y saben casero. Además, me recuerda cuando iba al pueblo de mi mamá en Atlacomulco. Ahí también se comía así, con salsa verde con aguacate y sin prisas.”
Ambos coinciden en algo: estas garnachas no solo alimentan, emocionan.
Quesadillas, gorditas y el debate eterno
Uno de los emblemas de esta presencia mexiquense es la quesadilla. No solo por su relleno —hongos, flor de calabaza, tinga, chicharrón prensado— sino por el eterno debate capitalino: ¿la quesadilla lleva queso? En muchos pueblos del Estado de México, la respuesta es afirmativa. Pero en la CDMX, la discusión sigue viva, reflejando la riqueza, contradicción y fusión de estas cocinas urbanas populares.
Las gorditas azules de chales, de haba o de picadillo también han ganado popularidad en ferias gastronómicas, corredores culturales y mercados gourmet. Sin embargo, su lugar original permanece en lo callejero: en las esquinas donde el comal está en contacto directo con el barrio.

Gastronomía migrante, pero viva
La cocina mexiquense en la capital no es una moda, sino una presencia constante, migrante y viva. Es una forma de pertenencia y de economía para cientos de familias que la ejercen. Es también un recordatorio de que la ciudad no es solo asfalto y modernidad, sino un mosaico de pueblos, sabores y acentos que se encuentran en cada bocado. En tiempos donde lo industrial y lo rápido domina, las garnachas azules siguen ofreciendo tiempo, memoria y sazón. No son solo comida de paso, son memoria comestible.
Recorrer la Ciudad de México en busca de estas expresiones culinarias mexiquenses es también hacer una arqueología emocional. Porque en cada tortilla azul que se infla sobre un comal hay una historia ancestral, una abuela que enseñó, un pueblo que recuerda. Y mientras existan esas manos que amasan con raíz, la presencia mexiquense en la capital seguirá viva, ardiente y azul.
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